Orígenes Históricos del Metro
Actualmente
para medir longitudes se utiliza el metro y sus divisores, los decímetros,
los centímetros y los milímetros. La familiaridad de estas unidades
da la impresión que han existido siempre, pero sólo 200 años
atrás la palabra metro no tenía ningún significado.
Efectivamente, con la ley de 10 de Diciembre de 1799 nace el metro que conocemos,
pero, ¿de donde proviene su longitud? La historia
de la determinación de esta distancia es tan compleja como apasionante
y una parte importante de ella ocurrió por tierras catalanas.
Antiguamente para medir se utilizaban otras unidades como la vara,
la cana o el diestro, que tenían longitudes diferentes según
el lugar geográfico; así, por ejemplo, la cana de Barcelona
era diferente de la cana de Puigcerdà o a la del Rosselló.
Ante esta disparidad de unidades de medida, por parte de los gobiernos y monarquías
de diferentes países se efectuaron varios intentos de unificación.
Los avances científicos del siglo XVIII, especialmente en el campo
de la geografía, la óptica, la geometría y la astronomía,
motivaron el serio planteamiento del problema para encontrar una unidad de
medida universal basada en una dimensión geográfica, como puede
ser el meridiano terrestre.
Todo empezó el Marzo del 1790. En el marco de los cambios radicales
que los revolucionarios franceses querían introducir en las leyes y
costumbres del antiguo régimen, un obispo, Carlos Mauricio
de Talleyrand, realizó ante la Asamblea Nacional francesa
una proposición verdaderamente revolucionaria.
Repetidamente se había pedido en Francia la unificación y control
estatal de las pesas y medidas que se utilizaban en ciudades y territorios
de la nación. Los abusos y escándalos, más que la propia
diversidad de las medidas, hacían insoportable un sistema metrológico
caótico, pero solamente una revolución podía cambiar
el viejo orden feudal en que se soportaba.
Talleyrand, hábil político, se aseguró
el éxito de su iniciativa proponiendo un sistema metrológico
completamente nuevo, en el que un patrón fundado en la naturaleza,
por no ser de ninguna, podría ser aceptada por todas las naciones,
y especialmente por Inglaterra, y convertirse así en una medida universal.
El patrón elegido, ya propuesto sin éxito por científicos
y economistas desde hacía más de un siglo, era la longitud
de un péndulo que oscilase en intervalos de un segundo de tiempo a
la latitud de 45 grados.
La iniciativa fue efectivamente aprobada por la Asamblea Nacional un 8 de
Mayo de 1790 y Luís XVI invitó formalmente
al rey de Inglaterra a colaborar en la determinación de la nueva medida.
Inglaterra no respondió. Francia quedaba sola en su intento de crear
la medida universal e intentó otro camino. Un 19 de Marzo de 1791,
la Acadèmia de Ciències de París propuso la substitución
del péndulo por otra medida procedente de la naturaleza. El
metro, si se aceptaba la nueva propuesta, sería la
diezmillonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre.
El 26 de Marzo la Asamblea Nacional aprobó el cambio y el proyecto
de medición presentado por la academia, que incluía un plan
de trabajo en el cual participarían casi todos los miembros de la institución.

La nueva unidad se llamaría METRO (del griego metron,
que quiere decir medida) y se dividiría en fracciones
decimales: el decímetro (la decena parte del metro),
el centímetro (la centésima parte del metro)
y el milímetro (la milésima parte del metro).
Ante la imposibilidad de medir todo un cuarto de meridiano, desde el polo Norte
al Ecuador, la solución era medir un trozo y calcular matemáticamente
el valor del total. El arco de meridiano escogido en la propuesta de la academia
fue el comprendido entre Dunkerque, cerca del mar del Norte,
y Barcelona, en la costa mediterránea de la península
ibérica.
¿Porqué Barcelona?
El informe del 19 de Marzo
se extiende abundantemente sobre la conveniencia de situar el extremo inferior
del arco en Barcelona. Las razones son científicas: si se escogía
como meridiano base el que pasaba por el Observatorio de París, repetidamente
medido ya en territorio francés desde hacía más de un siglo,
los dos extremos deberían estar al nivel del mar, y el meridiano de París
tocaba el mar en Barcelona. Barcelona, además, estaba lo suficientemente
alejada de los Pirineos como para que la masa de estos no afectase la dirección
de la vertical, en el momento de determinar la latitud del extremo inferior
del arco. El punto medio del arco, finalmente, se situaría más
cerca del paralelo 45 que si la medida se limitaba solamente
en territorio francés y ello comportaría ventajas en el cálculo
matemático del total.
Pero, como incluso denunciaron algunos científicos importantes, estas
razones no eran más que justificaciones ad-hoc de una elección
del patrón poco científica. Los errores que se podían esperar
de una operación tan compleja como la medición exacta de una distancia
de cerca de mil kilómetros hacía utópica la pretendida
exactitud del nuevo patrón. Había razones extracientíficas
detrás de la decisión tomada. Como se indicó en varias
publicaciones, la operación escondía un intento de la Academia
de Ciencias para hacer valer su utilidad a la nación en tiempos que se
planteaba su disolución como residuo clasista del viejo régimen.
Otra utilidad del arco propuesto debió ser apreciada por los promotores
de la medida universal: incluir Barcelona internacionalizaría la nueva
medida, que ya no sería solamente francesa. El reino de España,
importante en el concierto europeo a falta de Inglaterra, participaría
desde el principio en la operación.
La decisión estaba tomada. El 30 de Marzo de 1791, un Luis XVI
prácticamente desposeído de todo poder, sancionó con su
firma el proyecto de la Academia de Ciencias y se encargó a los topógrafos
Pierre François André Méchain y Jean
Baptiste Joseph Delambrede llevar a termino la medición del
meridiano.
Los dos sabios se repartieron el trabajo: Delambre se quedó
la parte del Norte desde Dunkerque hasta Rodez y el resto hasta Barcelona quedó
asignado a Méchain.

La técnica a utilizar
sería la de la triangulación geodésica. Se trazaría
una cadena de triángulos, los vértices de los cuales serían
montañas situadas a lo largo del meridiano y se calcularía sus
dimensiones a partir de la medición de dos "bases"
o longitudes de entre 6 y 10 Km., cuidadosamente medidas por medio de reglas
ajustadas sobre la medida del patrón más perfecto que existía
en Francia: la denominada "toesa de la academia"
que materializaba la longitud de la toesa, o medida nacional
francesa hasta la adopción del metro.
Había, pues, de decidir que cimas serían los vértices de
los triángulos, subir a las cimas de las montañas y medir desde
ellas los ángulos que formaban las cimas vecinas. Méchain decidió
empezar por la parte española. El 22 de Abril de 1792 se solicitó
la colaboración de Carlos IV, rey de España,
que aceptó y asignó a la operación dos matemáticos
civiles: José Chaix, vicedirector del observatorio de
Madrid, y Juan de Peñalver. A ellos se unieron los marineros
José González, capitán además del
bergantín "Corzo", también puesto a
disposición de los científicos, y los oficiales Francisco
Planes, Miguel Bueno y Miguel Alvarez.
La medición en los Paises Catalanes
Méchain llegó
a Barcelona el 10 de Julio de 1792. Se encontró con González y
juntos establecieron el plan de trabajo. Se escogieron las montañas entre
Barcelona y los Pirineos que serían los vértices de los
triángulos catalanes y se discutió un nuevo proyecto que los españoles
propusieron al astrónomo francés: Si el arco terminase en Mallorca
en lugar de hacerlo en Barcelona, su mitad estaría situada
más exactamente sobre el paralelo 45. De aceptarse la
propuesta habría que bajar hacia el Sur para escoger montañas
adecuadas para trazar nuevos triángulos, y pasar a Mallorca
para encontrar las montañas desde las que se viesen las cimas de la sierra
costera catalana, además de realizar una triangulación interna
de las islas Baleares.
La idea de la prolongación del arco hasta las Baleares, y más
concretamente, hasta la pequeña isla de Cabrera no era
original de Méchain ni de González. La había propuesto
ya, al inicio de los trabajos en Francia, el marinero y astrónomo José
de Mendoza, que estaba en París y se había unido a los
miembros de la academia que preparaban el nacimiento del nuevo sistema métrico.
Méchain llegó a España sin autorización para llevar
a cabo esta prolongación, pero la recibió, en carta de la Convención
Nacional francesa, hacia el 27 de Octubre de 1792. Hasta aquel momento franceses
y españoles ya habían reconocido y empezado a medir los triángulos
que se soportaban en las cimas del pico de Calmelles, Mare de Déu
del Mont, Puigsacalm, Rocacorba, puig Rodó, Matagalls, Montserrat, Mont
Mates, Vallvidrera, o Santa Creu de l'Olorde y Montjuïc, la estación
más meridional de la primera de las cadenas proyectadas, ya a las afueras
de Barcelona, en la cual Méchain acabaría la medición de
ángulos el 29 de Octubre.

Castillo de Montjuïc
de Barcelona (Foto: J.M. Jerez)
Méchain empezó
a determinar el azimut de uno de los lados del último triángulo
de la cadena y la latitud de un punto, en el foso del castillo de Montjuïc,
que seria el extremo meridional del arco previsto. Después de las primeras
mediciones de azimut y latitud, volvió con González, convertido
en virtual director de operaciones por parte española, y el resto de
los científicos, a las estaciones del Norte para concluir la medición
definitiva de los ángulos entre los vértices de los triángulos
establecidos.
Una vez todos los expedicionarios de regreso a Barcelona, ya el Diciembre de
1792, González pasó a Mallorca con el Corzo para efectuar un reconocimiento
de las montañas y alumbrar reverberos (una combinación
de espejos y fuego) en sus cimas, con el objeto que Méchain comprobase
si era posible medir un gran triángulo sobre el mar, operación
antes nunca realizada.
Desde la cima del puig Major de Mallorca, la noche del 16 de
Diciembre, González encendió un reverbero orientado hacia Montjuïc,
que Méchain percibió con su telescopio pero no con las lentes
de su instrumento de medición de ángulos, el círculo de
Borda. Méchain decidió que, con los instrumentos que disponía,
no era posible la unión geodésica de las Baleares con la cordillera
costera catalana, al Norte de Barcelona. El astrónomo concluyó
las operaciones de determinación de la latitud de Montjuïc y se
preparó para volver al Norte, pasar a Francia y unir la cadena de triángulos
española con las estaciones del otro lado de la frontera.
Pero un acontecimiento imprevisto alteró sus planes. El 21 de Enero de
1793 Luis XVI era guillotinado en París y corrían
vientos de guerra entre Francia y España. El capitán general de
Cataluña le permitió seguir sus operaciones en tierras catalanas
pero le prohibió acercarse a la frontera para que sus actividades en
las cimas de las montañas no pudieran interpretarse como acciones de
información y espionaje.
Reducido a la inactividad, Méchain utilizó su ocio en la realización
de varias observaciones astronómicas, como el eclipse de luna del 25
de Febrero de 1793 y visitando algunos intelectuales catalanes, mientras enviaba
uno de sus colaboradores de confianza, Tranchot, ingeniero
geógrafo, a las montañas del Sur para buscar lugares más
propicios para la unión con las Baleares. Fue en el transcurso de una
de estas visitas, a la finca de un medico, posiblemente Francesc Santpons
i Roca, para observar el funcionamiento de una máquina hidráulica,
cuando tuvo un grave accidente que le obligó a permanecer en cama durante
cinco meses.
La guerra con Francia, que se declaró el 7 de Marzo, seguía en
su apogeo, a pesar de ello, Méchain consiguió permiso para terminar
las estaciones en las fronteras pero no para volver a Francia; entretanto Tranchot,
arriesgando su vida, cruzó la frontera para preparar las estaciones de
las vecinas montañas francesas que conectarían las triangulaciones
de los dos países.
El 3 de Noviembre de 1793, las últimas mediciones angulares en tierras
catalanas estaban terminadas. En ese mismo año, con la medición
definitiva aún por precisar, se construyó un patrón provisional
que daba la medida del metro a partir de datos geodésicos incompletos.
Dos años después, el 1795, Francia adoptó oficialmente
el sistema de medidas basado en el metro.
De retorno a Barcelona y ante la imposibilidad de volver a su país, impedido
también de acceder al fuerte de Montjuïc, zona militar en tiempos
de guerra, Méchain se entretuvo calculando la latitud de la terraza de
su habitación en la fonda donde se hospedaba, denominada Fontana
d'Or, situada en la calle Escudellers. Por medio de
una pequeña cadena de triángulos geodésicos, pretendía
unirla a su primer punto de observación en Montjuïc y comprobar
así la latitud anteriormente determinada. La discrepancia entre las dos
determinaciones, de aproximadamente 3 segundos de arco, no
comunicada por Méchain a la comisión que realizaría posteriormente
los cálculos del meridiano, sería motivo de críticas a
la labor del astrónomo.

A finales del 1794, el
nombramiento de un nuevo capitán general más favorable, permitió
a Méchain abandonar Cataluña rumbo a Italia,
desde donde retornó a Francia. El astrónomo se
detuvo en Marsella, donde permaneció durante medio año
con varias excusas. Desde allí, y sin volver a París,
conmovido por la revolución y el terror, se dirigió a la parte
francesa de los Pirineos para terminar la cadena de triángulos. En las
mediciones desde las cimas del puig de Calmelles y del Puy de l'Estella,
última estación en España y primera en Francia, hasta Rodez
tardó casi tres años, entre constantes peticiones y reclamaciones
de sus compañeros de operación que estaban en París. Delambre
mismo, acabada la base que había de medir en Melun,
cerca de París, tubo que viajar al Sur para encargarse de la medición
de una base de comprobación en Perpinyà que,
con la ya medida, constituía la pieza clave para el cálculo de
la longitudes de los lados de los triángulos geodésicos y su proyección
sobre el meridiano.
Finalmente, Méchain y Delambre se reunieron en Carcassona
y juntos retornaron a París a finales del Agosto de 1798 con los datos
de las mediciones efectuadas entre Barcelona y Dunkerque. El
Noviembre se reunieron por primera vez los delegados de los países que
habían aceptado la invitación de Talleyrand, nombrado ministro
de asuntos exteriores de Francia, para colaborar en los cálculos y operaciones
necesarios para determinar los patrones del nuevo sistema métrico, entre
los cuales había los españoles Gabriel Ciscar y Agustín
de Pedrayes. Durante seis meses se efectuaron los trabajos necesarios
para determinar matemáticamente la longitud de la diezmillonésima
parte del cuadrante del meridiano de París, el metro,
y los patrones de capacidad, un decímetro cúbico o litro,
y peso, el peso de un decímetro cúbico de agua destilada,
el kilogramo. Finalmente, el 22 de Junio de 1799, el representante
de Holanda, Van Swinden, leyó ante todos los delegados
las conclusiones finales. Después de largos cálculos y algunas
concesiones poco justificadas, se decidió que el metro,
la diezmillonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre,
mediría 3 pies de rey, 11 líneas y 296 milésimas
de línea, casi 0,32 milímetros más corto
que el metro provisional calculado el 1795. Una toesa francesa
de seis pies valdría 1,9490366 metros.
Una ley de 19 frimario del año 8 de la República Francesa (10
de Diciembre de 1799) firmada por el primer cónsul, Napoleón
Bonaparte, lo establecía para siempre con el lema: "Para
todos los pueblos y para todos los tiempos". Había nacido
el metro definitivo y el nuevo Sistema Métrico Decimal.
Comprobación de la exactitud del metro
En el informe de Van
Swinden, no obstante, no se dan por cerradas las operaciones emprendidas
en Cataluña. Recordando los planes de Méchain
para extender la medición hasta a Cabrera, concluyó
su relato sobre las operaciones en la parte Sur del arco de meridiano con unas
palabras proféticas: "...Esperamos que circunstancias favorables
permitirán ejecutar un día lo que hasta ahora no se ha podido
efectuar."
Estas circunstancias se dieron en el 1802. En las actas del Bureau des Longitudes,
el organismo francés encargado de la astronomía y la geodesia,
del día 31 de Agosto de 1802, se recoge la noticia que uno de sus miembros,
sorprendentemente no identificado, propone continuar las operaciones geodésicas
en España. Méchain, en aquel momento capitain
concierge o responsable del Observatorio de París, fue invitado a dar
su opinión. Consecuencia de todo ello fue un informe al ministro del
interior, con un plan de trabajo preciso, en el cual se proponía llegar
con la triangulación hasta Eivissa, bajando por las
montañas catalanas hasta Tortosa para encontrar puntos
desde los cuales se pudiera percibir esa isla. La utilidad de la operación
se justifica con argumentos matemáticos orientados a obtener una mayor
exactitud en la determinación del metro, ya que se mediría el
metro definitivo eliminando los artificios matemáticos a que se había
tenido que recorrer debido al imperfecto conocimiento que se disponía
sobre el aplastamiento de la Tierra. Al mismo tiempo, y a pesar de las reticencias
de otros astrónomos que preferían alguien más joven, reclamó
para si mismo el cargo de Jefe de la expedición.
El 13 de Octubre de 1802 Méchain recibió la orden de viajar a
Barcelona y a las Baleares. Se solicitó al rey de España
el permiso y la colaboración y se aportaron los fondos y el personal
necesario. Obtenido el acuerdo del gobierno español, que nombró
para acompañar a los franceses un oficial de marina, Pascual
Enrile y de nuevo a José Chaix, Méchain
se preparó para viajar a Barcelona. El 5 de Mayo de 1803, después
de un agradable viaje, llegó a la ciudad Condal con tres acompañantes
y se dispuso a cumplimentar el capitán general de Cataluña, el
Conde de Santa Clara.

Observatorio de París
segle XVIII
Si en el primer viaje todo
habían sido facilidades, en este todo eran demoras. El capitán
general no había recibido órdenes de Madrid;
el barco prometido, al mando del oficial Enrile, estaba parado
en Cartagena y el tiempo favorable para las observaciones sobre
el mar, antes que los calores del verano las hiciese imposibles, pasaba inexorablemente.
Un Méchain desesperado escribió a su embajador en Madrid
para que agilizase las autorizaciones de la corte y mientras, con autorización
del capitán general, bajó por la costa para reconocer las montañas
más favorables. El 17 de Agosto de 1803 observó desde Tortosa
un eclipse de Sol. Una tras otra, fue subiendo a las montañas más
altas del Sur de Cataluña con la esperanza de ver desde ellas las islas.
Falto de medios para ir a las islas, empezó con sus colaboradores una
serie de mediciones de triángulos durante los meses de Septiembre y Octubre
de 1803. Desde el Montsià, al Sur del Ebro,
pasó a Llaberia, al Norte de Tortosa
y desde este lugar a Sant Joan, cerca de Altafulla,
al puig de la Morella, en el macizo del Garraf
y, finalmente, a la cima de Montserrat ya utilizada, que con
la estación del Mont Alegre de Matas, permitía
unir esta nueva cadena de triángulos con la medida el 1792.
Entretanto, el barco de Enrile, que se acercaba a Barcelona,
fue desviado a Menorca para guardar una cuarentena ante el
temor que hubiese entrado en contacto con otros barcos infectados de fiebre
amarilla. Méchain intentó sin éxito conseguir otro barco.
Chaix, cansado y reclamado por asuntos en Madrid, le abandonó y el astrónomo
francés aceptó la colaboración de un fraile profesor de
matemáticas barcelonés, Agustí Canelles i Carreres
y de un noble valenciano, astrónomo aficionado, Faust Vallés
i Vega, XII barón de la Pobla Tornesa y la Serra d'en
Galceran.
Reducido a la inacción, Méchain decidió proseguir hacia
el Sur, hacia el Reino de Valencia, para determinar si desde
sus montañas era más fácil la visión de las islas.
Con el barón de la Pobla Tornesa subió a una
de sus propiedades, el macizo del Desert de les Palmes, al
Norte de Castellón, desde el cual a menudo se ve Eivissa.
Con el barón descansó en sus casas solariegas de Pobla
Tornesa y Castelló hasta que se le comunicó la disposición
de otro barco. Volvió a Barcelona y el 8 de Enero de 1804 embarcó
hacia Eivissa, donde consiguió llegar, después
de una complicada travesía llena de aventuras, el día 15.
Al subir a las montañas de Eivissa comprobó la dificultad de ver
la costa catalana. Dos planes se le presentaban: unir las islas a través
de Mallorca con un gran triángulo descansando en los vértices
del Montsià, Desert de les Palmes y puig Major
y, desde allí cerrar una triangulación interna de las islas, o
bien a través de Eivissa, bajar aún más hacia el Sur por
la costa valenciana, llegando hasta Cullera o incluso el Montgó,
cerca de Dénia. Pasó a Mallorca,
subió al puig Major, que él denominaba Silla
Torrellas y que entonces se conocía como Sella de Son
Torrellas, y se decidió. Uniría Mallorca
con los picos del Desert, Montsià y el puig de la Morella,
mediría una base de comprobación en Mallorca
y realizaría una triangulación interna de las islas para llegar
a Eivissa y Cabrera, apoyándose en la montaña
dels Masons y en una loma de esta pequeña isla.
En ese momento le llegaron las respuestas a las repetidas cartas que había
mandado a París explicando sus planes. El Bureau des Longitudes le ordenaba
unir la cadena costera con las islas a través de Eivissa y Cullera,
midiendo una base en un lugar conveniente cerca de esta última población.
Un Méchain agotado no se atrevió a contradecir a sus compañeros
de París. Se embarcó hacia València, donde
llegó a finales de Abril de 1804 para alojarse en la casa valenciana
del barón de la Pobla Tornesa, con el cual descansó,
realizó mediciones astronómicas, como la determinación
de la latitud del Miquelet, la torre de la catedral de València,
y buscó un lugar idóneo en la Albufera, un lago
situado entre València y Cullera, y en las marismas
del puig de Santa Maria, al Norte de València,
para medir su base. Después recorrió de nuevo las montañas
valencianas, la Casueleta, al Este de Cullera,
un pico en la sierra de Espadan, el Desert, la Muela d'Ares,
sobre esta población del Maestrat, la
peña de Bel, cerca de Rossell y la Sénia, el Mont Caro,
cerca de Tortosa y el pico de Llaberia.
Decididas las estaciones de su cadena, vuelve a Cullera para
empezar a medir y descubrió que desde el punto más alto de la
montaña cerca de la población era extremadamente difícil
ver claramente las montañas de Eivissa. Empezó
a medir la cordillera costera y pasó a la Casueleta,
al puig de Santa Maria, donde según parece se contagió
de paludismo por los mosquitos de las marismas y en la sierra de Espadan.
En Espadan cayó enfermo, se agravó su estado
y finalmente fue bajado a Castellón, a la casa del barón
de la Pobla Tornesa, en la actual plaza de Cardona Vives,
donde murió entre los brazos de este, el 20 de Septiembre de 1804.
Una de les glorias de la astronomía francesa está enterrada en
el cementerio de Castellón.
Un viaje científico, convertido en impresionante y desgraciada aventura,
terminó. Sus ayudantes volvieron a Francia con la mayor parte de los
instrumentos y los cuadernos de notas de Méchain, dejando otros en previsión
de una posible reemprendida de los tan trágicamente interrumpidos trabajos
Continuación de los trabajos de Méchain
Si en el 1802 aún
podía tener algún interés comprobar la exactitud del metro,
en el 1806 este problema ya era irrelevante. Los problemas del metro eran más
de implantación que de exactitud. El mundo científico ya había
asimilado la lección que la Tierra no es un elipsoide perfecto, que todos
los meridianos no son iguales y que el metro legal era meramente una distancia
entre dos líneas.
El problema científico más actual en la época, pues, era
básicamente el tener buenas medidas de arcos sobre la Tierra que de ajustar
aún más exactamente el valor del metro. En este ambiente, Laplace,
el científico más influyente de Francia, solicitó directamente
al emperador Napoleón la continuación de las
mediciones de Méchain en Cataluña, València y las
Baleares para prolongar el meridiano de París.
La propuesta, naturalmente, fue bien acogida y se designó a Jean
Baptiste Biot, científico ya reconocido, y a un joven secretario
del Observatorio de París, Jean François Dominique Aragó,
natural de Estagel, en el Rosselló,
y de habla catalana, para continuar los trabajos de Méchain.
El 20 de Septiembre de 1806, justo dos años después de la muerte
de Méchain, llegaron a Barcelona acompañados
por un matemático español asignado a la operación y que
estaba en París, José Rodríguez González,
se entrevistaron con el conde de Santa Clara, recibieron los
permisos y continuaron hacia Tarragona y València.
![]() Mola de s'Esclop (926 m) sierra de Tramuntana (Mallorca) |
![]() Restos de la cabaña utilizada por François Aragó en la cima de la Mola de s'Esclop |
En València se reunieron
con José Chaix, de nuevo asignado a la operación
del meridiano y durante casi dos años recorrieron las montañas
del Sur de Cataluña, València y Baleares en otra
interesante aventura científica y humana que Aragó
explicará, al final de la su vida, en su Historia de mi juventud. El
fruto de la aventura sería la efectiva prolongación del
meridiano de París desde Barcelona a la isla de Formentera,
la comprobación que el valor del metro deducido del nuevo arco a penas
variaría en dos milésimas de milímetro y un proyecto que
tardaría tres cuartos de siglo en realizarse: la prolongación
del meridiano hasta las costas de Argelia .
A lo largo del siglo XIX muchos estados implantaron oficialmente el nuevo Sistema
Métrico Decimal, pero fueron muy pocos los que le adoptaron en la vida
cotidiana. En España, el Sistema Métrico Decimal se implantó
legalmente por Real Orden de 15 de Abril de 1848 y se hizo obligatorio para
todos los españoles el primero de Enero de 1860. Pero a pesar de las
leyes promulgadas, casi todo el mundo continuaba usando las medidas que había
hecho servir toda la vida.
Durante la segunda mitad del siglo XIX convivían los dos sistemas de
medida, hasta que poco a poco, gracias a la educación y a las ventajas
unificadoras del nuevo sistema, se adoptó definitivamente el metro y
sus derivados en casi todos los ámbitos donde había alguna cosa
para medir.

Barcelona, Montjuïc,
las montañas catalanas, valencianas y baleares y muchos de sus
lugares más característicos, entran así a formar parte
de la historia del metro, aunque para muchos catalanes el único recuerdo
de estas fantásticas aventuras lo constituyan los nombres de dos calles,
la avenida Meridiana y el Paral·lel, que tantos transitan
sin saber que la su historia está tan ligada a la del metro
que usan frecuentemente.